Sonrisa de arándanos


 

Sonrisa de arándanos… así lo llamé, no porque él los comiera, sino por el rojo de su ser. Por las comisuras de sus labios derramaba el toque de amargura, era como si en cada sonrisa su boca declarara muerte, si es intelectual no lo sé, si es sentimental no lo sé, si es física... no lo sé, él solo declaraba muerte.
Una sonrisa roja… por el asesinato de su ser, su versión más dulce, muerta. Lo que restaba de él estaba muriendo, yo lo sabía. No consume veneno, él lo emana, así transpira sus deseos para luego fingir que no tiene nada que ocultar.
 Una respiración más, igual a un segundo menos… no dejaba de sonreír y ya no quería que lo hiciera, no quería ver su decadencia, no quería contar cuántas sonrisas más faltaban hasta que llegase la última.
Con sus ropas negras intentaba encubrir su condición, pero frente a mí él estaba desnudo, carente de sentimientos y burlesco a los ajenos. Cuando no veía arándanos en él caía en cuenta de que su orgullo salía a pasear, casi como un acuerdo de desafanar su ego de vez en cuando. Como sea, los arándanos siempre volvían… y cada vez eran más, creo que ni él contaba con la vil molestia que resultaban ser.
Celoso de su tiempo hasta que cae la noche, incluso él era flexible con lo poco que quedaba de su aroma dulce, por lo que otorgaba el gusto de dejarse oler,  no con todos, ya no. La mayoría ya no se tomaba la molestia de acercarse, y yo lo entendía, no era algo que cualquiera pudiera soportar.
A veces era como si él te invitara arándanos, e incluso aunque no los tomaras tus manos ya estaban manchadas de él, del rojo de su ser. Ya no quería ver mis manos rojas…creo que nunca dejará de tener arándanos, creo que para él todos tenemos ojos de espejos, y nos usa para contemplarse a sí mismo. 
Ahora en mi distancia mis ojos ya no lo reflejan ni mis manos tienen impresa su esencia pero a donde sea que vaya a veces puedo percibir su sensible olor, y cuando cierro los ojos aún lo veo…quién sabe, tal vez quedó un fragmento de él dentro de mí, quizás lo quite lo luego, quizás lo saque después. 

Sonrisa de arándanos… así lo llamé, no porque él los comiera, sino por el rojo de su ser.


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